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Sunday, March 6, 2011

Carolina Herrera, de el libro "El éxito depende de ti, manual para un aprendiz" de Nella Febres-Cordero

Carolina Herrera, fashion designer


Sé, por experiencia, dado los padres que tuve, que el buen ejemplo es la mejor muestra de lo que predicamos. Carolina siempre fue una mujer sofisticada y cuando ella emprendió su camino hacia la moda, nunca dude de su éxito, porque con sólo verla a ella, uno tiene la plena confianza, que lo que produzca, tendrá el sello de un gusto exquisito y de su innata elegancia. La elegancia, así como la alegría, es una actitud, no una consecuencia de algo y ella la posee, ¡porque sí!
Siempre dije, de ella y de otra bella socialité venezolana, Margarita Zing, que eran mujeres que no tendrían que hacer nada en la vida, sino adornar salones de fiesta con su soberbia presencia… Sí, así como esas escenas, maravillosas de las películas en blanco y negro, de los 50, donde una mujer esplendorosa, con un vestido vaporoso, sentada sobre un piano, mira con ojos entornados, a una especie de Cary Grant, que vestido de etiqueta, entona una melodía romántica para encantarla…
— ¡Qué aburrido…! Me comentó ella, divertida, cuando le describí esta imagen, durante la entrevista.
Y así fue, Carolina no se conformó con esa vida del “dolce far niente”y un buen día, partió rumbo a Nueva York, al comienzo de los ochenta, con unas telas diseñadas por ella. Se las enseñó a Diana Vreerland, la editora de Vogue, y ella le sugirió que por qué no diseñaba unos vestidos y esperara ver cuál sería la respuesta.
Regresa a Caracas y le encarga a Melliet, a la Ferrari y a su costurera particular, Delia, doce vestidos diseñados por ella, para armar una pequeña colección. De vuelta a Nueva York, los muestra en las tiendas principales: Saks, Bergdorf y en Mark (una que se encontraba en Park Avenue), y todos quisieron comprar inmediatamente.
Carolina aún no tenía formada una compañía, ni nada por el estilo, pero ese éxito súbito, le dio la idea de constituir una compañía formal. Ya tenía todo listo para hacerlo, en Nueva York, con una compañía francesa, cuando en un cóctel, el día antes de la firma, coincide allí con Armando de Armas. Ella no lo conocía y cuando se lo presentan, él le pregunta, que qué hacía ella. Ella le cuenta lo sucedido con su pequeña colección y lo que estaba a punto de hacer con la compañía francesa y él le pide que detenga eso y que se asocie con él. Esta negociación se hizo en el tiempo record de una semana y así comienza la compañía, en Nueva York, con Armando de Armas y Carolina.
La primera colección se mostró en el año ’81, en el Metropolitan Club, una colección completa, con las mejores modelos, con la gente de moda, todos los periódicos… con todo el mundo. Y ese fue el trampolín que lanzó a la compañía, porque Carolina me dijo: “que a las mujeres que estaban ahí les encantó y a las tiendas también… El éxito de esa compañía siempre han sido las mujeres y los hombres que compran todo lo que yo hago”.
Hubo críticas muy controversiales de la prensa, respecto a su  lanzamiento en Nueva York, unas fueron buenas, pero otros opinaban que ella duraría, a lo máximo, dos años en el mercado…
¡Qué equivocados estaban! ya van veinticinco años desde aquel comienzo y ella cada vez escala más posiciones, abarca más mercados y expande más su líneas. Cuando se menciona el nombre de Carolina Herrera, ya no hay persona que desconozca a quien pertenece; las siglas CH no necesitan explicación ni traducción.
Carolina nació y se crío en Venezuela pero ahora es del mundo.

¿Qué cualidades necesita una persona para lograr sus metas?
Lo primero que tiene que tener es talento. Si no tienes talento para hacer lo que quieres hacer, no vas a llegar a ningún lado. 
Luego, mucha suerte,  muchísima disciplina, mucha pasión por lo que quieres hacer y tener fe en ti misma, fe en que sí lo vas a lograr.  Aunque sabes muy bien que cuando haces algo, por primera vez, no sabes adonde vas; eres como un ciego, no sabes dónde estás. No tienes idea si quieres llegar al tope, si sólo quieres llegar a la mitad… no sabes qué dirección va a tomar esto; todo es una sorpresa. No es que cuando me senté a diseñar, tuve éxito y pasé a estar donde estoy ahora, no. Porque han pasado muchos años y ha habido muchísimo trabajo y mucha dedicación y necesitas suerte…

Y persistencia…
Así es…

¿Cuánta pasión le pones a lo que haces?
Una gran pasión. Si no te gusta lo que estás haciendo, mejor es que lo dejes de lado.

¿Hubo algún evento que te empujó a ser diseñadora?
No hubo ningún evento. Quería hacer algo nuevo y tuve la gran oportunidad de realizarlo en Nueva York. Si te abren las puertas en un lugar como éste, entonces te dispones a intentarlo, ¿no? Me divertía muchísimo la idea de hacer moda, porque me encanta, y no es que de niñita vestía muñecas queriendo ser “fashion designer”, porque no es verdad. Yo de niña y mientras crecía, lo que me gustaba era el tenis y mis caballos. 
Sin embargo, llegó un momento en mi vida que  podía realizar ese deseo de entrar en el mundo de la moda y Reinaldo estaba de acuerdo… Tú tienes que tener también a tu familia de acuerdo, especialmente tu marido y sobre todo él, que me apoyaba en todas mis ideas. Le comenté que por qué no lo hacía y me contestó: por qué no tratas; si estás dispuesta, vamos, hazlo. La oportunidad se dio, justo en el momento de mi vida en que la idea era propicia.

¿Dicen que el éxito a veces te hace indolente, que tiendes a dormirte en tus laureles, piensas que es así?
Eso es una cosa totalmente disparatada, porque eso no tiene que ver con lo que pasa en la vida, donde sucede una cosa nueva, todos los días y te quieres superar. La gente a la que tú le oyes decir: ah, yo soy diseñador, pero ya yo he hecho todo… eso es absurdo, porque yo termino una colección y cuando la veo en la pasarela, pienso, ay, esto ha debido de ser mejor. 
Es decir, que debes de superarte, todo el tiempo, es un reto diario, porque tienes millones de personas alrededor tuyo y sientes como una responsabilidad de agradar a las mujeres que tienes que vestir, no las puedes dejar guindando. O sea, el que se duerme en sus laureles y se conforma con el éxito que tiene, ¡pues lo perdió!

¿Eres estricta contigo misma?
Mucho. Muy estricta, porque vengo de una educación con disciplina y estoy convencida que todo en la vida se hace con disciplina. Mi casa era una casa disciplinada y eso me ha ayudado muchísimo, porque hago todo lo que tengo que hacer. No sé si mi signo, que es Capricornio, me ayuda también. El símbolo del Capricornio es una cabra…

Sí, que escala montañas altísimas porque las pesuñas lo ayudan a no resbalarse y seguir subiendo.
Además, soy sumamente optimista. En mi oficina todos tienen que ser optimistas, porque a la gente con negatividad, yo no la entiendo, porque creo que todo se puede hacer.

¿No crees en una negativa? 
No acepto un no como respuesta.

¿Y con los demás eres estricta?
 Con la gente que trabaja conmigo soy estricta, pero de una manera muy simpática, porque yo trato a mi compañía como si fuera una gran familia. Yo no soy de las que anda por ahí dando gritos y alaridos porque no se han hecho las cosas, nada de eso, creo que todo se logra si lo pides con educación. Y soy estricta si no son talentosos o si lo que están haciendo no lo hacen con pasión.

¿Perdonas con facilidad los errores de tus subalternos?
Muchas veces los tienes que perdonar, porque la gente comete errores y si te dan una explicación, pues, los perdonas. Pero si son errores muy grandes, pues, ya se tendrían que ir.

¿Te levantas temprano?
No soy muy tempranera, la verdad que no.

¿Duermes bien?
Si me dejas… doce horas. Acabo de llegar de Dubai y esa noche que llegué, dormí once horas.

¿En qué piensas al levantarte?
Pienso en las miles de cosas que tengo que hacer; la cantidad de cosas que usualmente ocupa mis días.

¿Tu trabajo es de calidad o cantidad…? Ya que estás expandiéndote tanto con las tiendas CH.
Si el trabajo es de calidad, se convierte en cantidad. ¿Qué importa que hagas cantidad si no es de calidad? Lo mío es de calidad y por eso se convierte en cantidad.

¿Eres buena memorizando hechos?
Tengo la mejor memoria del mundo, porque tengo una memoria fotográfica. Yo me acuerdo de qué tenía puesto quién… cuál vestido tenía puesto todo el mundo. Me acuerdo de todo, porque eso formaba parte de la educación que nos dieron. Mamá decía que si entrabas a un cuarto tenías que ver lo que había dentro del cuarto, no solamente pasear por él y salir otra vez sin darte cuenta qué había allí. Entonces, los detalles, para mí, son importantísimos.

¿Lees mucho?
Muchísimo.

¿Qué lees?
De todo, todos los días, a toda hora y cada vez que puedo. Si estoy triste, si estoy contenta, si estoy ocupada… Leo un ratico antes de dormir, al despertarme. Adoro los periódicos, a cualquier país que vaya. Adoro leer novelas, en fin… leo de todo.

¿Y los periódicos los lees de atrás para adelante o como debe ser?
Como debe ser. Muchas veces leo dos libros al mismo tiempo.

¿Qué género te gusta más?
Me encanta la historia, me encantan los escritores rusos, los franceses, los americanos; los policíacos… la lectura, en general, me fascina.

¿Te ha inspirado la lectura para crear?
  Muchísimo. La lectura te inspira mucho y sobre todo si es un libro maravilloso, bien explicativo, porque te vas imaginando todo lo que puedes hacer y lo trasladas.

¿Trabajas continuamente en tu mejoramiento?
La moda viene con su técnica y yo nunca la he estudiado; lo que tengo es ojo. La moda no es sino para la vista, no tiene ninguna intelectualidad. Es para agradar tu ojo, para hacer a la mujer más bonita. La moda es arte en movimiento. El arte tú lo cuelgas en las paredes y puede estar allí muchos años. La moda, si no te la pones, no es moda. Yo no me pondría todo lo que sale de moda. Una mujer debe saber lo que le queda bien y lo que no le queda bien y porque te quede bien tampoco te lo vas a poner porque te conviertes en una víctima de la moda.

¿Y lo que tú haces?
Algunas cosas sí y otras no. Cada una se viste según su estilo.

¿Si pierdes una negociación, a quién tiendes a echarle la culpa?
Como yo no hago las negociaciones, estoy encantada. (Nos reímos las dos). Se la echo al presidente de mi compañía.

¿Crees en el factor suerte?
Creo muchísimo en la suerte; la suerte es el 80% del éxito de algo. Date cuenta de lo que pasa, hay miles de personas que tratan de hacer lo mismo, hay cantidades de personas que son diseñadores, cantidades de personas que quieren ser pianistas, escritores…     

¿Por qué llegan unos y no otros? 
Es un factor suerte-talento. Puedes tener el talento, pero si no tienes la suerte, quizás no llegues.

Lo de estar en el sitio adecuado, en el momento adecuado, ¿no? 
Para mí, la suerte es un factor enorme.

¿Eres intolerante con tus debilidades?
Pues, sí. Una de mis debilidades es la impaciencia. Entonces tienes que tratar de ser tolerante y preguntarte por qué estás así.

¿Has tomado alguna vez una decisión importante en tu vida, impulsivamente?
Muchas… En la moda, todo es impulsivo.

¿Y en lo personal?
También, eso es humano. Uno toma una decisión impulsivamente y luego dice: ¡ay…! Por qué no diría que no… Claro que sí, mil veces.

¿Tiendes a confiar en tu instinto?
Muchísimo, porque, las mujeres en general, tenemos el instinto mucho más desarrollado que los hombres, porque nosotras nos fijamos más y tenemos más paciencia; los hombres están pensando en otras cosas. El instinto de una mujer es importantísimo. 
A mí por ejemplo, instintivamente, puede que no me guste una persona y no sé por qué… ya que ni siquiera le he hablado. 

¿Tienes momentos de esparcimientos…? ¿Y cuáles son?
Claro que sí, no los tomo en serio, pero me encantan. No es que lo planeo: ahora me voy a tomar un momento de relax… Cuando están, están y cuando no están, no están; y si no se pueden, no se pueden.

¿Haces cualquier deporte?
Yo camino y subo y bajo escaleras. Mi casa tiene muchas escaleras y subo y bajo, continuamente.

¿Eres determinada o persistente?
Soy muy determinada y persistencia y determinación van juntas. No las puedes separar, porque si tienes una determinación y lo haces con persistencia, lo logras; una va con la otra.

No te voy a preguntar si eres optimista, porque ya me lo contestaste, además, todo lo que me has dicho es de una persona optimista. 
¿Si algo te sale mal, cuál es tu actitud?
Si algo me sale malísimo, estoy trágica.

¿Y lloras…?
A veces.

¿Haces alguna obra de caridad?
Muchísima… Es una de las cosas que más me gusta hacer y en cualquier cosa que pueda ayudar, lo hago encantada.

¿Crees en lo imposible?
Lo imposible es difícil de alcanzar, si tienes mucha suerte lo alcanzas. Si tienes mucha determinación…

¿Estás siempre ocupada o productiva?
Ocupada es diferente a productiva. Hay muchísima gente que está ocupadísima y no produce nada. Esto tiene que ver con la disciplina, con lo que te gusta hacer y la pasión que tienes por lo que haces, entonces, quizás serás más productiva. Y si tienes un equipo a tu alrededor que es muy bueno, eso te ayuda, porque tú sola, no lo puedes hacer. 
En una compañía nadie puede hacerlo todo solo, luego, la productividad viene de toda la gente que tienes alrededor y cómo la diriges.

¿Cuando cometes un error lo admites?
A veces, sí y a veces, no.

¿Y si tomas una mala decisión, te enfrascas en ello?
No, no me enfrasco en ello, hay que ir a otra cosa.

¿Sufres ataques de pánico?
No, gracias a Dios, no. Soy la persona más calmada del mundo. Si tú no estás calmada, la gente que está a tu alrededor, se vuelve histérica. En los shows, si tú me ves tras bastidores, y está pasando algo, estamos empezando tarde, cualquier cosa… todo va por dentro, pero nunca, nunca le enseño a nadie que estoy angustiada, porque toda esa gente depende de ti.

Mucha gente exitosa ve al fracaso como la otra cara de la moneda del éxito… ¿Qué piensas tú?
Todo éxito conlleva fracaso, si no cómo puedes despegar, de verdad, con éxito, si no has tenido algún fracaso.

Nosotros los venezolanos nos referimos al pobre y al desposeído como humilde… ¿Qué crees tú que es la humildad?
Eso no tiene nada que ver con pobres o desposeídos. La humildad es otra cosa totalmente diferente, va con la persona. La gente con más éxito y más reconocida mundialmente, más humilde debe ser. Y para mí, tienes que tratar a todo el mundo igual. No debes de tratar al ricachón mejor, porque tiene más dinero que otros. Yo, a todo el mundo lo trato igual. Y la humildad no tiene que ver con como vive la gente o con el dinero que tengan o no tengan, tiene que ver con la persona, con su interior. Que no se crean que son la maravilla, allá arriba montados y que no pueden ver hacia abajo.

¿Tú delegas mucho? 
Sí delego. Es difícil delegar, pero hay que aprender…

¿Te es difícil delegar…? ¿Porque crees que no lo van a hacer bien o porque simplemente no te gusta?
Porque creo que no lo van a hacer bien. Se los explico varias veces.

¿Qué le dirías a un joven o a una joven que quiere emprender el camino que tú escogiste?
Creo que lo primero que tiene que hacer es saber bien si le gusta lo que va a hacer. Tiene que hacerlo con pasión, con disciplina… Que se olvide de lo maravilloso que es ver una colección y que cuando termina es todo glamorosísimo… no, es una cantidad enorme de trabajo y te tienes que enfrascar en eso.
Y sobre todo, si es apta para hacerlo y tiene el talento, que trate.








Thursday, February 10, 2011

Me quiere... no me quiere...



        Sentada frente al espejo de su peinadora, se contempla, ya lleva rato cepillándose el cabello lentamente. Se aproxima al espejo risueña y descubre algo con disgusto. Acerca la lupa que usa cuando se saca las cejas y nota unas rayitas a los lados de los ojos cuando sonríe… Ya está, no lo hago más, piensa.
Suena el celular y atiende, es Luis.
― Hola mi vida, ¿qué haces?
― Nada, aquí, poniendo al día mi agenda.
― Bueno, sigue en lo tuyo, te llamaba sólo para oírte la voz.
― Chao, cuídate… ¡y pórtate bien!
― Mi amor, si me portase mejor sería cura… ¡y de los santos! Un beso en ese cuello adorado. Te quiero…
― Yo también… ¡Siempre!
La llamada se interrumpe antes de él que oiga la última palabra.
Mantiene el teléfono al oído, ensimismada.  De pronto, voltea la cabeza en cámara lenta hacia la mesita de noche y fija su atención en las margaritas que Luis le había traído ayer. Va hasta allá y saca una margarita del florero y la empieza a deshojar…
― Me quiere… no me quiere…
Hasta que queda un pétalo.
― No me quiere… ¡lo sabía!
Estruja las margaritas y las arroja al cesto bota papeles al costado de su escritorio. Pero se lo piensa mejor y las mete en una bolsa que luego entierra al fondo del recipiente de basura de la cocina.
Ese día es tarde de canasta con las amigas y toca por primera vez en su casa. Todas hablan a la vez y se ríen a carcajadas. Ella las observa muy seria. Una comenta lo de su seriedad. Ella les cuenta lo del descubrimiento de las arruguitas en los ojos y todas sueltan una risotada. Otra le dice que se deje de boberías porque todavía es muy joven y además bella. Comienzan a burlarse de ella, pero se tragan las bromas cuando caen en cuenta que su mal humor es causado por la obsesión de siempre: que Luis la engaña. Tratan de convencerla de lo contrario, porque evidencias no hay, pero nadie logra sacarla de su locura.
De pronto, todas se quedan mudas, Luis entra quitándose la corbata y al verlas se acerca en puntillas haciéndoles señas a las amigas que no lo delaten y la besa en el cuello. Sorprendida se levanta y todas se miran y lo miran…  Es un hombre alto, delgado, que lleva un simple traje de combinación con la elegancia de un modelo. El cabello negro, liso y brillante, le cae sobre la frente al menor movimiento, el cual él alisa de cuando en cuando hacia atrás con la mano. Tiene unas facciones armoniosas muy varoniles, pero sin duda alguna, los ojos son su mayor atractivo: grandes y grises como un mar tormentoso con unas pestañas negras y abundantes que parecen maquilladas,  su mirada es tierna; es la mirada de un hombre enamorado. Sonríe apenado ya que ninguna le quita la vista, todas boquiabiertas.
Es perfecto… Encantador… cree oír ella que cuchichean.
Inmediatamente ella se levanta y acusa un dolor de cabeza que no siente, dando por terminado el juego. Luis la trata de disuadir, pero ella está decidida. Él, visiblemente mortificado, se despide dándole la mano a cada una; a ella le pone la punta de los dedos en el cuello y le dice al oído que la espera arriba, la voz ronca, íntima. Apremiada, despide a las amigas, que se van cotorreando entre suspiros y risas.
Hacen el amor el resto de la tarde y hasta entrada la noche. Mientras él duerme apacible, ella repasa una y otra vez en su mente el abobamiento de sus amigas por la presencia de Luis y los elogios de las amigas le martillan el cerebro: es perfecto, encantador… La amargura la mantiene despierta y no es hasta pasada la madrugada en que la vence el sueño.
Al día siguiente se presenta en el bufete de Luis de improviso y nota a distancia que su esposo le da una cajita de terciopelo a una mujer muy atractiva. Ella casi se desmaya y se esconde detrás de una columna para no delatar su presencia. Una vez Luis se queda solo, calma su furia y avanza hacia la oficina, al verla, él inmediatamente sale a su encuentro sonriente, la abraza con fuerza y ella no lo abraza. Él, ni cuenta se da y la toma por la cintura mientras entran a la oficina, asombrado, agradecido y contento por su inesperada visita. Cierra la puerta y la besa apasionadamente, ella se deja besar. De pronto entra la mujer y se disculpa por la intromisión. Luis se ríe apenado y sin dejar de sujetar a su esposa por la cintura, hace las presentaciones de rigor. La asistente, con una sonrisa congelada, le extiende la mano y ella la deja con la mano extendida, devolviéndole el saludo con la cabeza. La asistente le comunica a Luis  a lo que vino y se despide. Excusándose con una cita con su peluquera, ella aprovecha el momento para salir de ahí, ¡ya no puede más! Se marcha apresurada.
Llorando rabiosa, vaga por las calles sin rumbo. Esto no se queda así, piensa en alto al detenerse frente a una tienda donde venden armas.
Esa tardecita, al llegar él del bufete, ella dopa con un fuerte sedante otra migraña fingida para no tener que verlo ni hablarle más de lo debido. Ya adormitándose escucha que el habla en susurros por el celular. Incapaz de reaccionar, porque el sedante la noquea, duerme hasta el día siguiente. 
Se levanta más vengativa que embotada. Él le ha dejado una nota amorosa, de la cual ella sólo lee el encabezado y enseguida quema. Suenan los teléfonos y ella no atiende. Desencajada y perturbada se mira al espejo de su peinadora, cepillándose el cabello mecánicamente.
Detiene su carro cerca de la oficina, se cala el sombrero que lleva puesto y se acomoda los lentes obscuros a la espera de que él salga; el atardecer tiñe el cielo, antes azul, de naranja intenso y rojo violento. Lo sigue a distancia hasta llegar a un edificio de departamentos. Él estaciona y ella también lo hace cerca; él se baja cargando una caja de rosas rojas de tallo largo. 
Ella sale tras él y el sombrero sale volando, pero no se detiene y corre procurando no ser vista. Él mira de reojo tras de sí, se abre la puerta del portal y como queda la puerta entreabierta, ella lo sigue sigilosamente. Cuando ve que va a entrar al ascensor, interrumpe su paso. Al cerrarse las puertas, ella corre para ver cual es el piso al que sube, pulsa repetitivamente el botón del otro ascensor y éste abre sus puertas inmediatamente, se mete presurosa y aprieta el botón del pent house.
El ascenso le parece eterno… se le escapa, lo va a perder…
Cuando el ascensor llega a su destino ella asoma la cara y alcanza a ver que Luis recorre el pasillo a la derecha, al fondo se detiene delante de la segunda y última puerta y la abre con una llave que saca de su bolsillo, ella siente que le fallan las piernas. Camina con prisa por el pasillo porque espera pillarlo infraganti… ¿Pero y cómo entra al apartamento? Se acerca a la puerta y  no oye sonidos; respira profundo y aprieta los puños, desquiciada. Por no dejar, trata de ver si la puerta ha quedado abierta y con cuidado baja la manilla… no tiene seguro y entra.
Todo está a obscuras, y la indignación casi la delata. Se saca los zapatos de tacón y los deja en el piso con mucho cuidado, apretando su cartera de sobre contra el pecho con fuerza y camina hacia delante a paso de gato. Llega a lo cree que es el salón y se tropieza con una jarrón que está a punto de caer, pero ella lo ataja; de la obscuridad brotan unos susurros. Saca el arma que lleva en la cartera y apunta en la dirección de lo que, en su enloquecimiento, cree son gemidos y en eso se enciende la luz a la vez que ella apunta y dispara al rompe de Las Mañanitas que comienzan a cantar unos mariachis. 
Al  grito de feliz cumpleaños y en medio de pitos y serpentinas que vuelan, estallan los aplausos. Confundida y aterrorizada, los ojos desorbitados, descubre que en el amplio salón decorado con bombas, están sus padres, sus suegros, familiares y amigos. Recorre las caras buscando la de Luis y es cuando todos se dan cuenta que él está en el suelo en un charco de sangre y la asistente lo sostiene. 
Ella corre, se tira al piso, lo acuna en sus brazos desesperada y él alcanza a decirle al oído: menos mal que el asaltante me disparó a mí, mi amor… sin ti… mi vida hubiera sido un infierno… y su cabeza cae hacia un lado inerte; aquellos hermosos ojos grises tienen ahora la mirada vacía.






Thursday, February 3, 2011

Fémina contemporánea... ¿femenina?

“No hablo como hombre, hablo como mujer. No hablo como mente. Uso la mente, pero hablo como conciencia, como testigo consciente. Y la conciencia no es ni él ni ella, la conciencia no es ni hombre ni mujer. Tu cuerpo tiene esa división, y también tu mente, porque tu mente es la parte interna de tu cuerpo, y tu cuerpo es la parte externa de tu mente. Tu cuerpo y tu mente no están separados; son una entidad. De hecho no es correcto hablar de cuerpo y mente; no se debería usar “y”. Eres cuerpomente, sin siquiera un guión entre los dos.”
Estas son las palabras de introducción de “El libro de la mujer, sobre el poder de lo femenino” de Osho, un pensador hindú, que habla de lo femenino—sobre la base de respuestas a preguntas— borrando las distancias que se han hecho insalvables, entre lo femenino y lo masculino, a través de los siglos.
A mí no se me ha hecho nada fácil abordar algo tan manoseado—más aún por las mujeres—como el tema de la feminidad. He escrito y borrado, infinidad de veces, lo que espero hacer llegar finalmente a sus manos. A estas alturas, todavía no sé quién es más adecuado para hablar de la feminidad, el hombre o la mujer, sin que las respectivas distancias o miopías sesguen el pronunciamiento.  Sin embargo, como mujer, siento una gran responsabilidad en expresar lo que para mí es la feminidad, sin que la opresión, el abuso, y la marginación que puede haber en la sociedad, por el simple hecho de ser mujer, prepondere en este escrito. Espero exponer la mera condición de ser femenina y cómo la fémina lo asume, concretamente, la mujer contemporánea de una cultura como la nuestra.
La palabra femenina nos da suavidad, fertilidad, pasividad, debilidad, ternura, comprensión, tolerancia, injusticia, castración, violación, negación intuición, sufrimiento, sensibilidad, emoción, sensiblería, cursilería, abnegación, reflexión... ser movible. ¿Sin embargo, poseen todas las mujeres estas características, o se han visto en esas circunstancias? Ciertamente no. ¿Quiere decir esto entonces, que no son femeninas? En absoluto. La cosa se torna difícil cuando queremos encasillar a la palabra mujer, circunscribiéndola a unos parámetros y sometiéndola a unas peculiaridades que cada vez más se mimetizan con lo masculino, por lo mucho que ella pierde de su ser ante el hombre.
Al introducir el tema de la feminidad en una conversación, las mujeres se tornan inmediatamente a la defensiva, no en cuanto a la parte física, que es la del adorno y la del culto al físico, claro está: implantación de senos, uñas artificiales, una nariz nueva, un cutis libre de arrugas (por ende, desprovisto de expresión), la última dieta, la moda, el estilista, el gimnasio... mas sí, en cuanto al tema masculino, allí saltan y sin más ni más, despotrican. Se juntan tres mujeres y comienzan a hablar mal de los hombres; es como si lo femenino y lo masculino estuviese siempre encontrado, así está establecido. Esto se manifiesta claramente en nuestra cultura, donde las niñas son separadas de los niños, desde que a la recién nacida le ponen los zarcillos en el retén para diferenciarlas de los que visten de azul; más tarde a ellas les arrancan los carritos de juguete de las manos, imponiéndoles las Barbies y a ellos les prohíben llorar. Ya entrada la pubertad, al forzar las hormonas el acercamiento, se unen, pero hay un desconocimiento total de su respectiva idiosincrasia. Los anglosajones de los años ’50 exteriorizaron esto a través de la eterna lucha de Lulú (la de “La Pequeña Lulú”), por pertenecer al club de los chicos, que por supuesto, estaba vetado para ellas. 
Caí en cuenta desde muy pequeña, que contraponer lo femenino a lo masculino, traía roncha, más aún viniendo de una familia donde predominaba lo femenino; éramos seis contra tres, incluyendo a mamá y papá. ¿Por qué siempre andamos enfrentados, reivindicando posiciones constantemente, cuando es evidente que no somos iguales, ¡gracias a Dios! Pienso y cada vez me convenzo más, que en el afán de igualar, sobre pasar, competir con y vengarse de “ellos”, la mujer, sobre todo la venezolana, va perdiendo su sustancia, que es la feminidad y se convierte en otro hombre más.
Si nos dejamos llevar por la imaginación de algún dibujante que nos enseña imágenes de la edad de piedra, vemos que hombres y mujeres se parecían mucho, y ya sabemos que esa estampa del hombre arrastrando a la mujer por el cabello, con una mazo en la mano, no era cierta, pues los antropólogos nos dicen que mujeres y hombres compartían posiciones y tareas, recolectaban y cazaban a la par —la idea de la feminidad no era evidente, ya que vivían todos juntos y revueltos. 
Mi pregunta es: ¿asumió ella su feminidad para perderla en el ínterin? Si tomamos la feminidad como una actitud, efectivamente, la mujer contemporánea ha perdido mucho del glamour que poseía.  La palabra glamour, voz inglesa, en su etimología, es el atributo que poseen las hadas para hechizar y encantar a todo aquel que posa sus ojos sobre ellas. La imagen de una mujer, tongoneando las caderas, embutida en un estrecho vestido rojo hasta las pantorrillas, que se aproxima a una barra de un bar en penumbras, acosada por miradas masculinas que la siguen hasta que se desliza en un taburete, saca del bolso una larga pitillera de marfil tallado a la cual fija un pitillo que extrae de una cigarrera plateada y la suspende en el aire, segura de que algún caballero correrá a encenderlo... es una estampa subliminal y sensual que ya no se da.
Todo ese movimiento lento, erótico, con un propósito... no es posible, pues la vida se lleva mucho más rápido y una cosa tan simple como la figura de ese bar, no existiría, pues estaría atestando de gente, que impedirían que ella desplegara ese derroche de sensualismo y de gozo, por el mero hecho de ser mujer.    
La mujer que se siente bien en su piel lleva todas las de ganar y eso puede ser resultado directo del entorno familiar. La niña que crece con una madre segura de sí misma—como mujer y como ser humano—tiende a imitarla. Una mujer segura de sí misma, no nace así, se hace. Se forma con su vida diaria. Tendría, posiblemente, también que ver si  posee un padre amoroso y comprensivo, tanto hacia la madre, como hacia los hijos, el que ella se inclinara a ser una mujer fuerte y decidida que asimile la minusvalía establecida del “ser  mujer”, sanamente.
Sentirse bien en su piel, es resultado del ser humano, más allá de lo femenino y lo masculino. Me ha costado construir este escrito, porque para mí, la diferencia en poder llevar la vida “lo mejor que se pueda”, radica en el individuo, sea masculino o femenino. La mujer tiene unas cualidades  que la distinguen, apegarse a ellas y sacarles el mayor provecho para llevar una vida sana, sobre todo mentalmente, es el albur... Radica, en la decisión de conllevar y asumir lo fácil y lo difícil, sorteando los escollos y las “desventajas”  para convertirse en una  Fémina con mayúscula, constituida como tal, antes que nada, como un ser humano feliz y agradecido de ser quién es. 
Pienso en cuando mis pechos comenzaron a crecer y me los oprimía para que no se notaran (ya que no quería crecer) y especulo que muchas mujeres suprimen su feminidad porque tienen miedo de verse en ese espejo y afrontar el hecho que “afortunadamente” son mujeres.  Se niegan a aceptar que esos senos crecerán y los oprimen, ahogando las primeras señales de muchas otras que las transforman en mujer.  Ese constante ahogar y suprimir las convierte en víctimas desde muy jóvenes, papel favorito que muchas mujeres adoptan para conseguir cosas en la vida, mártires solapadas que siempre al final, sacan las garras. Como esta condición no es su esencia verdadera, sino un acondicionamiento, se frustran, porque deben llevar la máscara puesta siempre y ya cuando deciden quitársela en la soledad, les resulta muy incómodo; al no reconocerse, pasan a llevarla siempre, y su vida resulta tan falsa e insulsa como ellas, lo cual conduce a su malestar.
Hasta el sacrificio debe ser a voluntad. Una decisión que dignifica porque es un desprendimiento sano que viene del entendimiento.  Es un acto de amor, no de egoísmo.  Es vivir en función de otros por convicción.  La Madre Teresa de Calcuta es un ejemplo de esto que hablo. Este personaje emblemático, sin gracia física y constitución aparentemente débil, era eminentemente femenina, manifestado por una inmensa compasión, abnegación, sensibilidad y ternura es la representación de la “Madre Universal”. Sin embargo, siempre pensé que si la Madre Teresa no se hubiera ceñido a hacer su labor en las calles de Calcuta, sino que se sumerge en la high society newyorkina, rescatando anoréxicas, otro gallo hubiese cantado. El papel que uno escoge en la vida, porque a fin de cuentas, uno lo adopta, debe asumirse lo mejor posible.
Ser mujer no es un accidente, es un hecho. Sabemos que hormonalmente tenemos altos y bajos, a ninguna la toma por sorpresa el hecho de que tiene la menstruación cada 26 o 28 días, entonces por qué maldecirla, es tan natural como que tendremos bello pubiano, lo queramos o no.  Si no lo queremos, lo afeitamos y ya, pero eso viene con uno.  Nos peleamos mucho con las cosas inherentes a nosotras y permitimos que el sexo opuesto nos mortifique por lo mismo —nos flagelamos a priori, dándoles a ellos tela para cortar, y luego nos quejamos, tanto de sus críticas, como de las propias que soportamos internamente. 
Leí en algún lado que la ventaja de la mujer era su capacidad de diálogo, tolerancia y comprensión y que estas cualidades, sean la base en que radica su éxito como gerente, por ejemplo.  Que si las mujeres circunscribían sus tareas, contando con lo femeninocomo fondoestaban en capacidad de competir cabalmente en el campo laboral. Apoyando esto, cito al profesor Dionisio Aranzadi, ex rector de la Universidad de Deusto, quien resume las particularidades de la dirección femenina en las  empresas de esta manera: “Es un estilo operativo más comparativo que competitivo; le va el trabajo en equipo; el estilo de la resolución de los problemas es más intuitivo-racional; tiende más a la comprensión y colaboración; el control es reducido; busca calidad y alto rendimiento; intenta más educar y motivar y por eso es una dirección menos autoritaria; es más propicio a las relaciones interpersonales”.
El estribillo popular “que sepa coser, que sepa bordar, que ponga la mesa en Su santo lugar... nos infunde  a ser virtuosas, piadosas y nos recuerda nuestras tareas tradicionales. ¿Se cumple este precepto? En el ramo de la moda los diseñadores sobrepasan a las diseñadoras en número, la casa Dior, por ejemplo, desde Cocó Channel, no ha tenido al frente a ninguna mujer y los diseñadores más destacados, son hombres. Y si revisamos el santoral, hay muchos más santos que santas.  También hay mucho más chef hombres que mujeres, aunque, actualmente en Venezuela ya hay bastante más mujeres chef. Se han fundido los bordes y la mujer debería sentirse con menos presión y más proclive a desplegar su feminidad.  Saltan cada vez más a la escena del espectáculo las mujeres roqueras, desinhibidas, audaces, de músculos definidos y con figuras envidiables. Vemos mucho menos a la bailarina grácil y anoréxica para dar paso a estos íconos juveniles que derrochan energía y sensualidad. ¿Son menos femeninas que los cisnes del Danubio Azul? Lo dudo.
En el periodismo venezolano actual, destacan las mujeres.  Mujeres valientes, sin pelos en la lengua, que cual eficientes cotorras, denuncian exabruptos, pero que sin embargo, son armas letales con las cuales alertan conciencias capaces de tumbar gobiernos.  Mujeres que han tomado la delantera en esta crisis que nos consume, para defender a sus hijos, los venezolanos y a su hogar, Venezuela, con mucho más vigor, valentía y empuje que los hombres.
Dentro de su tenor, dentro de sus parámetros, han salido a dar la cara para hacer mejoras en la sociedad, valiéndose, no del repique de sus tacones, sino de algo igual y mucho más femenino como es una vulgar cacerola para hacerse sentir. Su amor lanzado en una férrea defensa a lo mamá gallina y esa sustancia de luchadoras, las revaloriza.
¿Cómo se acerca esta mujer contemporánea al amor y a las relaciones? Con inusual desparpajo. Mujeres que “usan a los hombres” para fines determinados.  Los conquistan, atrayéndolos con sus cantos de sirenas, igual que siempre. Las de estratos más bajos, en esos programas de opinión televisivos, chocantes y embusteros, salvo muy raras excepciones, denuncian abusos cometidos por los hombres y como ellas, “las pobrecitas abnegadas”, han sido vilmente engañadas por ellos... hasta que una cámara oculta muestra la realidad de la cuaima que sin el menor cargo de conciencia, pasa el coleto con el marido machísimo o el novio, y hasta con los infelices de los hijos. ¿Cuántas veces hemos visto a esta mujer en la calle, acuñada en una falda minúscula, coqueteando con miradas violatorias, para luego denunciar iracundas el atropello?
     En los estratos más altos, van en busca del marido ideal y cuando lo encuentran, están muy conscientes de que su amor es proporcional a su posible jugosa cuenta bancaria y  si ella es la de la cuenta, no firman el “sí acepto”, si no hay bienes justamente separados; todo esto con la debida licencia de que si algo sale mal, cualquier cosa, se divorcian sin más ni más.  Ya las jovencitas no hablan de sí fulano es buena gente o viene de una gente buena, sino de cuán abultada es su cartera; convirtiendo la unión en “una negociación”, instaurando, como consecuencia, el ya conocido segundo frente.
     Todo este cinismo, las pone a la defensiva y crea tantas barreras que ha convertido a la mujer contemporánea en una miedosa del amor. Y ese amor verdadero, duradero y por el que había que luchar y aprender a mantener, se convirtió en un espejismo;  abriendo campo al homosexualismo rampante, que no es otra cosa que pegarse a lo similar para “ser comprendido, porque a fin de cuentas somos más afines”.  Esta falacia, torna la relación en tibia, porque es un incidente físico y biológico el que polos opuestos se atraen, hay chispa, conflicto  y el hecho de que uno sea pasivo y el otro sea activo, por naturaleza, lleva la pasión bermellón a límites desbordables, que con el paso del tiempo se  destiñe y se vuelve rosada, lo cual conduce a que ese amor perdure en el tiempo.
     La eterna cantaleta de las mujeres latinas, con su quejido constante de que ellos nos pagan mal, tema obligado de la telenovela común, se contradice con la oda al despecho, “el bolero,” compuesto casi exclusivamente por hombres machos latinos; a la vez que ellas se sientan a fumar mientras esperan en la oscuridad, al son de María Bonita, Perfidia, Piel Canela, Alma Mía... y muchas más. El argentino con su tango, ópera a la “madrecita santa” que ya no está y pregonero de su amargura por la mujer que lo dejó. E inclusive el gringo con su melancólica música country, divulga también a los cuatro vientos, el trago agri-dulce que son ellas y se va en lamentos por ese amor que se les fue exceptuando a una de sus más distinguidas interpretes Tammy Wynette, que latinizó a la fémina sajona con Stand by your man, proclamando exactamente lo contrario.
     Y el chiste del casado, que no es otro que el chisme popular, por medio del cual las mujeres son las que llevan los pantalones y ellos se limitan toda la vida al “sí mi amor”, al tanto que ellas despotrican de ellos porque ya no las escuchan y la vida juntos se ha convertido en un solitario a dos. Y aún en este siglo, el 21, aquellas que resuelven acabar con esta soledad acompañada y deciden divorciarse, son muchas veces lapidadas por las mismas amigas íntimas, que ven en ella “carne fresca y por tanto, semilla de tentación”.
     Quedan todavía vestigios de esa esposa abnegada que resuelve mantener el frente y hacer de tripas corazón; ésa, cuyo marido abusador y sinvergüenza sólo viene a la casa a roncar, compensándola con el “de fulano”, a costa de la sanidad sentimental y emocional de los hijos, ya que éstos son inmolados para preservar la mal llamada “unión familiar”.  No es de extrañar que algunos de estos hijos repita con exactitud lo que vivió en casa, haciendo la cadena interminable. La esposa contemporánea, no luce para nada abnegada, se hace la vista gorda y “con inteligencia” torea los cambios hormonales del marido en aras de la felicidad matrimonial, eso sí, mientras pueda seguir viajando y usando su tarjeta de crédito que lo compra todo, menos la verdadera paz y felicidad.
     Pocas son aquellas parejas que apuestan a preservar el amor y aprenden a amar, transformando al orgullo en el sacrificio sublime que conlleva perdonar y empezar de cero, borrando la ficha con absoluta fe y honestidad.
     Compensar las vertientes es un trabajo cuesta arriba y que pocas veces se logra. El empeño en balancear lo que describe Fernando Rísquez (1985) en su libro “La aproximación a la feminidad” cuando nos habla de la tesis arquetípica de Jung donde muestra a la mujer como una tríada: la madre: (Demeter), la hija o la semilla, la doncella que se convertirá prontamente en una hermosa flor, la eterna niña: (Kore) y la encantadora, la hechicera (Hécate) ―se convierte en una utopía.  La vida lo lleva a uno a escoger, dependiendo, casi siempre, del entorno.  El hombre conoce a Kore, se divertirá con Hécate, pero finalmente casa con Demeter. Pocas mujeres logran mantener vivas a esa Kore, juguetona y aniñada que ve la vida con optimismo y a Hécate, la encantadora sensual; aunque nunca dejen de ser Demeter.
     La mujer es amor, eso nos distingue, somos capaces de cometer actos supremos de valor y resistencia por lo amado y también los más variopintos actos de bajeza. Somos capaces de ir de un extremo al otro pisoteando la propia naturaleza;  mujeres aparentemente  sumisas y tranquilas, se convierten en vampiresas por el ser amado y viceversa.
La psicóloga jungiana japonesa Jean Shinoda Bolen, ahonda en esto, en su libro Las Diosas de Cada Mujer: “La mayoría de las mujeres sólo hacen suya una estrecha gama de las potencialidades femeninas. El resultado es que las “diosas” que ellas se niegan a reconocer dentro de sí se toman venganza en los sueños y otros fenómenos inconscientes, desencadenando instintos dormidos que parecen quedar fuera del control de la mujer(...) Las potencialidades representadas por los distintos arquetipos femeninos deben ser exploradas por cada mujer para entablar entre ellas una relación equilibrada. De lo contrario, sus conflictos mentales elevarán un coro de voces ruidosas e inarmónicas, como si cada diosa vociferara en defensa de su arquetipo, dispuesta a ahogar y acallar las demandas de las demás.” [1]
Ester Harding, sicóloga jungiana en su libro Gran Diosa,  nos dice que la mujer no tiene que imitar al hombre, que tiene que ser ella misma y que los modelos a seguir los puede encontrar en las diosas de la mitología. “En la imagen de la Diosa Madre las mujeres de tiempos antiguos encontraron el reflejo de su propia naturaleza femenina más profunda(...) Hoy en día el antiguo principio femenino está reafirmando su poder. Formado por el sufrimiento e infelicidad provocado por no hacer caso de los valores del Eros (la relación, el sentimiento), los hombres y mujeres se vuelven otra vez hacia la Madre Luna, aunque no por medio de un culto religioso, ni siquiera por un conocimiento de lo que hacen, sino a través de un cambio en la actitud psicológica(...), pues hoy se siente como una fuerza psicológica que surge del inconsciente y tiene poder para modelar los destinos de la humanidad.” [2]
Y la antropóloga Dunn Mascetti, se expresa en términos parecidos: “Para las mujeres contemporáneas, las Diosas ya no forman parte  de una estructura religiosa y social, sino que existen como arquetipos psicológicos. La  Diosa reside en el corazón de toda mujer. Los mitos de lo femenino son un vehículo para la comprensión de los arquetipos que actúan en nuestra sicología  y personalidad, pues ellos delinean los modelos psicológicos que nos influyen. Toda mujer siente afinidad hacia una o más Diosas, teniendo en cuenta o combinándose elementos tales como la familia, las circunstancias, las condiciones y la predisposición al cambio. Las experiencias del crecimiento físico y psicológico se registran en el inconsciente colectivo en forma de arquetipos”.[3]
     Llego a la conclusión de que ser una mujer contemporánea es bien difícil, pues todo está permitido y a la vez censurado. Los patrones establecidos se pueden romper, la libertad y la oportunidad están allí... ¿Cómo acoplar las tareas sin perderse uno en el intento? Los roles son múltiples, mas si transgredimos, al final nos lo cobran. Los retos aparecen en momentos a veces no oportunos, pero si se dejan para más tarde, pueden eclipsarse. Y si aceptamos el destino, el camino nos estresa y la angustia nos invade, ya que en el afán de cumplir a cabalidad con los deberes, algo perderemos en el ínterin...
     ¿Sofocante, no? Pero es así y no creo que va a variar, al contrario, va en aumento. Hemos logrado penetrar campos exclusivos a los hombres y esto añade a la carga —la mujer completa mantendrá sus atributos: ser madre, con todo lo que esto comprende y añadirá el peso de contribuir al hogar pues la economía mundial presiona por un salario adicional para balancear el gasto familiar. Debe prepararse como nunca para asumir esto, entrenando a los hijos y al esposo para el hecho de que el tiempo será compartido y que todos deben ser autosuficientes.  En casi todos los países desarrollados han establecido mecanismos para el manejo de situaciones como éstas, que representan la generalidad.   En nuestro país, y en la mayoría de los países subdesarrollados, la cosa se pone dura y lo que describí en el párrafo anterior se acentúa. 
      La mujer que escogía quedarse en casa y dedicarse a las tareas del hogar, y que cuando los hijos tomaban sus caminos, se encontraba vacía... esta mujer escasea. La computadora, y la red, por ejemplo, le hace un puente con el tren laboral, el cual ella transita, cuando la compleción de sus tareas se lo permite, y llegado el momento, se encuentra con que maneja una cantidad de destrezas que le permiten la adquisición de una ocupación bien remunerada. Además, en sus momentos de descanso, rara vez los usa para dormir, sino que se convierte en una ávida lectora, de sobre todo, material autodidacta en “mejoramiento personal”.  
     Las  mismas féminas, se han ocupado de compartir sus experiencias y develar secretos de cómo compaginar el sofoque antes descrito, haciendo el pase más llevadero, hasta satisfactorio y altamente lucrativo una Martha Stuart, cualquiera .
     Surgen así, “oficios técnicos”, por decirlo de alguna manera, producto de la cotidianidad y de su esencia: costureras, del remiendo diario; astrólogas y síquicas, que se derivan de la intuición inherente en la mujer, adivinadora de los padecimientos de los hijos y las angustias de los maridos, aliviándolos, sin ser profesionales de la medicina; la sicopedagoga, que surge de la lidia con el hijo rebelde; la maestra, de la tutoría sempiterna; peluqueras, cosmetólogas, decoradoras, producto de la obsesión por el cuido de la belleza; chef, ya que asumen lo rutinario y lo convierten en un arte y así, ad infinitum.
     Como ven, terminamos complicándonos la vida, y todo lo cual está ceñido a si la mujer se quiere desarrollar como ser humano, dada su inmensa capacidad física e intelectual, sin sacrificar su feminidad.
     Volviendo al principio, recuerdo a Osho, en su libro El libro de la mujer. “La mujer puede aportar una ayuda inmensa para crear una sociedad orgánica. Ella es diferente del hombre, pero a un nivel igual. Ella es tan igual a un hombre como cualquier otro hombre. Ella tiene talentos propios que son absolutamente necesarios. No es suficiente ganar dinero, no es suficiente llegar a tener éxito en el mundo, es más necesario un bello hogar, y la mujer tiene la capacidad de transformar cualquier casa en un hogar. Ella lo puede llenar de amor; ella tiene esa sensibilidad. (...) No hay necesidad  que el hombre se sienta inferior a la mujer. Toda esa idea surge porque pensáis en el hombre y en la mujer como dos especies distintas. Pertenecen a una misma humanidad y ambos tienen cualidades complementarias. Ambos se necesitan mutuamente, y sólo cuando están juntos están enteros...” 
    ¿Y entonces, qué nos espera...? pareciera desolador el panorama. ¿Podremos algún día conciliar las vertientes? Eso está en nosotras; la fórmula mágica no existe. Para mí, todo depende del individuo, de cada una de ellas, única e irrepetible, y cómo ella se plantea y asume su esencia; sin luchar con ella misma, adentrándose sin miedo, ni reservas, en la multicolor y variada existencia que conforma una mujer verdadera.

Ensayo tomado del libro a 23 manos "Opinando en Femenino de la Fundación Venezuela Positiva, Impreso por Armitano Editores, Caracas, Venezuela, 2003





[1] Tomado de Ramón Marques: Los Arquetipos
[2] Tomado de Ramón Marques: Los Arquetipos
[3] Tomado de Ramón Marques: Los Arquetipos

Thursday, January 27, 2011

El amor es una cosa esplendorosa



Amar implica: suspirar a falta de  besar; conquistar y entonces rendirse; tentar con intenciones de despojar; arriesgarse con temor a fracasar; entregarse y entonces arrepentirse; dejarse para luego buscarse; pelear, esperando contentarse; herir halagando; reír llorando; una lucha constante por sucumbir sin someterse; frustración satisfecha; dolor masoquista; morirse por estar, pero  salir corriendo a la primera; renunciar sin liberar; encontrarse y separarse; pensar en alguien, olvidándolo; orar pecando; desear rechazando; esperar para olvidar; perversión virtuosa; amistad interesada; apasionamiento frío; frialdad candente; ser infiel a uno mismo; ser fiel a  un sueño; mirar con los ojos cerrados; acariciar con la mirada; ver al tacto; locura disfrazada de cordura; entender sin ser correspondido; irrespetar lo ajeno; sufrir queriendo; añorar una pesadilla; tensión débil; vivir anhelando morir; parir para prepararse a abandonar; angustia placentera; recuerdos en  presente; pertenecer luchando por desprenderse; encoger sin pensar en estirar; soledad compartida; asumir la extrema tontería, rechazándola; el fluir de la amargura; la plenitud del pecador; la tristeza alegre; ser viuda casada; ser esposo  célibe; coquetear con el suicidio; escuchar el silencio; comprender la confusión; convivir con el monstruo; raptar las ilusiones; mancillar purificando; la cobardía heroica; ser valiente en la timidez; herir con compasión; mentir protegiendo; la angustia y el regocijo del alma; el talón de Aquiles del violador; ser un joven de cien años; ampliar lo que es estrecho, o viceversa; destapar lo escondido; el secreto difundido; arrojarse en el todo, perdiéndose; intentar sumergirse en la superficie; un derroche austero de emociones; sentir que volamos sin elevarnos; nacer contemplando morir; amarrarse a una explosión; encadenarse a una tormenta; alcanzar el cielo, penando en el infierno; gozar sufriendo; gritar en silencio; ser una máquina humana; un corazón que palpita aún después de muerto; la resurrección del olvido; mortificarse con placer; la redención del insurrecto; depender con libertad ¾ odiar.

Sunday, January 16, 2011

CARTA DE RENUNCIA

        Amor, aquí estoy, meditando en la certeza de que no te puedo volver a ver.  No digo que no nos veremos más, porque tú nunca te fijas en mí.  Sabes que existo, nos conocimos, te cruzas conmigo todos los días… de lo que no te acuerdas es que yo sólo vivo para que tú aparezcas por esa puerta y me saludes, al menos con tu amabilidad acostumbrada.  Sin embargo, no te imaginas lo que detesto esa amabilidad, porque eso no se convierte en pasión.  En pasión se convierte un reclamo, una injusticia o una rabia solapada, pero tal cordialidad sólo nos ha llevado a la indiferencia. 

        Sí, vamos a poner que fueras amable, que de vez en cuando trataras de asomarte a mi escote o miraras de reojo el cruzar de mis piernas, mas no, estás ahí a dos pasos y no levantas la vista ni para pedirme el café y la correspondencia.
        Al mirarme al espejo veo un rostro agradable, quizás los ojos muy juntos, pero grandes y de mirada dulce... muy dulce tal vez, de pronto es a eso a lo que le huyes.  Una nariz pequeña, graciosa, me dicen, y unos labios llenos que se mueren por besarte.  Mi voz es ronca, un poco demasiado por apurarme  los dos cigarrillos que me fumo en el baño ya que me tienes prohibido hacerlo cerca de ti… ¡Y pensar que esa misma voz enloqueció a más de uno! 
        Yo sé que soy anticuada ¿quién en esta época escribe cartas de amor? Y te preguntarás por qué no te voy de frente con esto tan grande que me arruga el alma y que cada vez se me hace más difícil disimular.  Ayer, por ejemplo, al darte la correspondencia rozaste tu pulgar con mi dedo índice y casi me desmayo de emoción.  No tienes idea las veces que he ensayado tropezarme con el café para que te des cuenta de mi presencia, y así, al menos, haya una expresión en tu cara de algo que no sea la misma mirada vacía; pero no soy torpe... ¡qué se va a hacer!  Soy de las que cocina de punta en blanco, sin delantal, y al terminar toma su cartera y sale directo para la calle.
        El martes, cuando me informaste sobre la hora de la reunión de la Junta Directiva y te me quedaste viendo más de lo acostumbrado, el corazón me palpitaba tan fuerte que, disimuladamente, miré mi pecho porque pensé que se notaba.  Cuando levanté la cara, ya no estabas.       
Sigo triste y sola, reflexionando de cara a la luna llena que al asomarse por mi ventana lo baña todo con su nostálgica luz.  ¿Por qué será que el amor hace que uno acuerde cosas que después no puede cumplir?  Pienso en aquellos años en que fuimos felices, porque nos amamos hasta agotarnos de felicidad... para terminar en esto.
        No hay nada más triste y vacío, que un amor en solitario y hoy presento mi renuncia irrevocable, por enésima vez.  Mi renuncia a seguir esperando que algún día me sonrías inquietándome otra vez y me seques las lágrimas de gozo con tus labios. Pero sé que guardaré ésta con las otras la meteré en la gaveta del olvido porque prefiero tu silencio amable que no tenerte cerca de mí.                                                                            
Tu amante esposa,                                                                                                                       Eloísa.